Durante los años 50 y 60, Nathan Milstein fue visitante asiduo del festival de Salzburgo, como testimonian diversos registros de la Radio Austriaca editados por ORFEO. Antes de escuchar la Sonata de Vivaldi que abrió la primera parte de este programa, es preciso retrotraernos a 1964: hacía solo quince años que Las Cuatro Estaciones habían recibido su bautismo fonográfico; para qué hablar de las Sonatas de violín y clave, que casi nadie tocaba entonces… ni aun en la actualidad. La propuesta era arriesgada, pero Milstein triunfó en toda regla gracias al entusiasmo y vitalidad contagiosas, a la alegría y luz mediterráneas que emanaban de esta versión no ortodoxa pero deliciosa. Técnicamente, no hubo una sola nota descuidada, todas fueron homogéneas y perfectas de afinación. Siguió la Primera Sonata para violín solo de Bach, sin duda, la cumbre del recital y aun hoy ejemplo insuperable de cómo abordar la colección de estas seis obras, que Milstein llevaba entonces no menos de 30 años estudiando y tocando y que ya había grabado para Capitol/ EMI. Su interpretación fue admirable de principio a fin, nunca mecánica ni aburrida; la muy difícil Fuga no fue solo perfecta de realización sino también toda una experiencia vital que arrastró al auditorio de Salzburgo al igual que hoy, 40 años largos después, al oyente de este CD.
La Sonata de Mozart K 296, impecable de proporciones, con una ligereza de articulación y de "tempi" ejemplares en los movimientos extremos y con un delicado toque melancólico - en su justo punto- en el Andante central, hace lamentar la parquedad con que Milstein abordó esta parcela mozartiana. El concierto concluyó con la Tercera Sonata de Brahms, favorita del artista entre las tres escritas por el hamburgués. Uno se pregunta si no hubieran sido más adecuadas para su tipo de sonido- de muchísimos quilates pero delicado, sin la densidad ni la potencia de Oistraj o Kogan- las otras dos, que apenas tocó. En todo caso, hay mucho que disfrutar en esta impulsiva versión, especialmente en los dos tiempos centrales, que se benefician - como Mozart- de la notable colaboración de Walter Klien. Los dos bises son sensacionales: la Siciliana de Von Paradis, que pocas veces ha sonado tan encantadora, y una deslumbrante versión del Preludio de la Tercera Partita de Bach, imposible de tocar mejor y más brillantemente, a velocidad de vértigo. Entusiasmo general en Salzburgo. Buen sonido y muy recomendable.
Roberto Andrade