En sus recientes ediciones de los recitales de canción más carismáticos celebrados en su sala londinense, el Wigmore Hall ha dedicado en los últimos meses una atención especial a la música rusa; siempre de la mano de artistas con voces generosas y una gran expresividad. Tanto por afinidad geográfica como por las cualidades de su sorprendente voz, oscura y gigante, la polaca Ewa Podles suponía un valor seguro a la hora de abordar este repertorio. Esto se puede comprobar tanto en los momentos más apasionados del disco -por ejemplo, las contradicciones de la resurrección, en Jristós voskriés de Rachmaninov- como en los más bellos y líricos -el apasionado estribillo con el que Tchaikovski ilustra los sufrimientos de la niña goethiana Mignon (Niet, tolka kto shnal) o el legato melancólico de Ya li v pole da nie travushka büla-.
Es posible que el momento de mayor hondura dramática se encuentre en las mussorgskianas Danzas de la muerte: los rotundos graves de la contralto, siempre expresivos, cincelan con crudeza el paso del tiempo a través de una tensión sonora efectiva y doliente, creando una atmósfera difícil de olvidar y especialmente valorable tratándose de un directo. En esta pintura de sombras no es menos reseñable la labor de Ohlsson, quien no sólo es un excelente pianista, sino un arquitecto musical de lo más equilibrado, sólido y coherente, como podemos ver en su brillante intervención a solo en Masques de Szymanowski. También es él quien parece bucear más cómodamente en las amplias líneas de las canciones -pionska- de Chopin, una realidad que deriva directamente de la propia topografía pianística en la que su compatriota soñaba y sonaba estas músicas. Entre las piezas chopinianas destaca la llamada Wojak -el soldado-, donde Podles brilla con su nervio y energía inagotables.
Elisa Rapado