jueves, 2 sep 2010
  
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OPERA / ROMANTIC AND NATIONALIST ( 3 CD )  

Segunda colaboración entre Orfeo y el Festival de Bayreuth tras el Tristan de Karajan, el presente Tannháuser de 1955, legendario como pocos, se presenta por primera vez con las fuentes sonoras remasterizdas a partir de las cintas originales de los archivos de la Radio de Baviera. El belga André Cluytens logró plasmar un Tannhäuser en sutiles claroscuros, de un romanticismo teñido por las más iridiscentes luces impresionistas. Windgassen está simplemente excelso en el papel principal, demostrando una vez más que él ha sido el mejor actor/cantante de la época. Gré Brouwenjstijn fue una Elisabeth incomparable y el Wolfram del joven Dietrich Fischer Dieskau ha sido la absoluta referencia de este papel hasta nuestros días.

 

ORFEO - C643043D
Tannhäuser
Richard Wagner
 
Price: 41,85 €
 
Performers
Wolfgang Windgassen, Tannhäuser
Gré Brouwenstijn, Elisabeth
Dietrich Fischer-Dieskau, Wolfram
Josef Greindl, Hermann, Landgraf de Turingia
Josef Traxel, Walther von der Vogelweide
Herta Wilfert, Venus
Choir and orchestra of the Bayreuth Festival
André Cluytens, conductor
Content
Richard Wagner (1813-1883)

Tannhäuser
romantic opera in three acts
Libretto by Richard Wagner

3 CD - ADD  - Mono - TT: 197' 49''
Production information
Live recording, August 9, 1955 during the Bayreuth Festival
Digitally remastered sound
Texts in english, french and german
More information

Orfeo y su serie "Bayreuther Festspiele Live" nos tienen a los wagnerianos en ascuas con su secretismo a la hora de anunciar próximos lanzamientos y la periodicidad anual con la que, hasta ahora, éstos se han venido sucediendo. Tampoco han trascendido los términos del acuerdo con Wolfgang Wagner y no está claro lo que puede pasar el día en que Wolfgang Sawallisch, copropietario del sello, deje de velar por su futuro. Sea como tenga que ser, mientras dure el idilio, seguiremos disfrutando y dejándonos sorprender. Después de la revelación que supuso, en términos de sonido, el Tristán de Karajan -la calidad artística ya era bien conocida por anteriores "encarnaciones"-, el nuevo y esperado título de la serie vuelve a dar en el clavo. Claro que en el bombo del Nuevo Bayreuth casi todas las bolas tienen premio.
En 1954 Wieland Wagner estrenó su primer Tannhäuser, un paso más en su estilo minimalista. El director musical debía haber sido Igor Markevitch, pero éste dio la espantada y las funciones se las repartieron Joseph Keilberth y Eugen Jochum. Para la reposición de 1955, Wieland cambió algunos detalles de la producción, que contribuyeron a que la escena cobrase vida. Al valle próximo al Wartburg le crecieron los primeros árboles. Árboles estilizados, que parecían diseñados por Giacometti, pero árboles al fin y al cabo. También los arcos que adornaban la gran sala del Wartburg -Dich teure Halle- ya no parecían aros de croquet, sino que recordaban remotamente a una arquería románica, aunque careciesen de basamento y fuste y se mantuvieran flotando en el aire.
En lo musical, como el regreso del Venusberg del caballero Tannhaüser, de "milagro incomprensible y sublime" podemos calificar lo que sucedió el 9 de agosto de 1955 en el Festspielhaus. Días antes de la primera representación Jochum pidió ser relevado debido a la muerte repentina, en trágicas circunstancias, de su hijo. El reemplazo de urgencia fue el belga por nacimiento, francés de adopción y "profesión", André Cluytens. Sólo tuvo tiempo para hacer dos ensayos, que fueron suficientes para imponer su concepto. En contraposición al terreno, carnal, directo Tannhäuser de Keilberth, el de Cluytens es más espiritual, poético, refinado, de texturas delicadas. En su primera aparición en Bayreuth, "el mejor director de Tannhäuser y el sucesor nato de Knappertsbusch para Parsifal" -Wieland dixit- llegó, vio y entusiasmó con su Wagner luminoso. El reparto fue prácticamente el mismo que el año precedente, con la excepción de Windgassen, que sustituyó al agotado Vinay, pero, arropados por la inspirada dirección, todos se superaron. En excelente estado vocal, su actuación convenció hasta a sus detractores, que no eran pocos, y le afianzó como el tenor wagneriano del momento. La eximia soprano holandesa Gré Brouwenstijn -su verdadero nombre era Gerda Demphina- representó como pocas el ideal de Elisabeth: voz bellísima, manejada con técnica irreprochable, y un canto de desbordante feminidad. Mujer de gran belleza -se daba un aire a Ingrid Bergman-, a las cualidades mencionadas unía una atractiva presencia, que encandilaba a las audiencias. Si hubiera por fuerza que determinar un único vencedor de este certamen de canto, ese es Fischer-Dieskau, el mejor Wolfram del último medio siglo. Su acabado retrato, su canto sutil -extraordinarias medias voces-, exquisitamente matizado, parecen impropios de un cantante de treinta años. Hertha Wilfert, Venus de medios demasiado ligeros para la parte, salió airosa de su cometido. Greindl cantó con nobleza, superando el escollo del Landgrave, papel cuyo carácter e incómoda tesitura no iban bien a su voz. Los cantores, Josef Traxel y Toni Blankenheim bordan sus papeles. También tuvieron una participación destacada el niño de Bayreuth Volker Horn, encantador pastorcillo y, por supuesto, los fabulosos pitzianer.
Otro tanto en la cuenta de Orfeo y un ejemplo más -ya he perdido la cuenta- de que en el Nuevo Bayreuth se cantaba¡y de qué manera!, aunque algunos se empeñen en negar la evidencia, acaso para hacer más llevadera la actual sequía (1). El sonido de esta edición oficial es más nítido, más enfocado, y las voces tienen mayor presencia que en la edición Golden Melodram, que ya sonaba bastante bien. Las dieciocho fotografías de la producción que ilustran la carpetilla quizá terminen por animar a los indecisos que ya lo tuvieran a apuntarse al "plan renove". Si había alguna duda, Orfeo la ha disipado, y el Tannhäuser de Cluytens se coloca definitivamente a la cabeza de la discografía.

(1) Hace poco he leído por ahí que en el Nuevo Bayreuth no se cantaba Wagner, sino que se ladraba.

Miguel Ángel González Barrio


El siguiente extracto pertenece al ensayo ¡Esto es arte!, firmado por Ángel-Fernando Mayo y aparecido en el nº 102 (marzo 2002) del Boletín de Diverdi

El Tannhäuser de 1954, dirigido con gran aliento por Keilberth y cantado con pasión por Vinay, el cual se dejó aquí la voz, pertenece a la trilogía de la «excelencia» con los firmados por Solti en el estudio de grabación y Sawallisch en el Festival de Bayreuth de 1962 (registro Philips oficial). Mas llega esta «repetición» de 1955, la trilogía se convierte en tetralogía y no sé..., no sé... ¿Es André Cluytens el mejor director de la complicada obra entre todos los conocidos mediante el fonograma? En todo caso sí es el más espiritual, el más fino, aquel que desentraña el alma de los minnesinger con mayor poesía y belleza: esto es, Cluytens penetra como nadie en el poema de Wagner y lo convierte en música que, como Elisabeth en el tercer acto, escapa ingrávida de las ataduras de esta tierra. Tocándose la misma versión, la obra le dura a Cluytens un cuarto de hora más que a Keilberth; pero esto es sólo mero indicio del pulso dulce, del refinado fraseo que el director flamenco –una suerte de Giulini del Norte– aplica aquí al drama del caballero con el alma debatiéndose entre cielo e infierno. Windgassen le aligeró el esfuerzo a Vinay y se repartió con él las representaciones de este año. Conocemos ya su magnífico estado vocal en esta época, la naturaleza lírica de su bella –sí, digo bella– y personal voz tan bien apoyada en el registro grave, la gran calidad del intérprete, que aún aumentó con el tiempo a la vez que el material se gastaba. Conocemos asimismo la expresividad, la femineidad genuina en el canto «sentido», que caracterizaban a la sublime Gré Brouwenstijn. Sabemos que Fischer–Dieskau –¡qué prodigioso canto legato a media voz!– ha sido el único Wolfram moderno parangonable a Schlussnus, Hüsch y Janssen. Pues bien, los tres aparecen bendecidos aquí por la dirección de Cluytens y rodeados del aura de la santidad artística. Si añadimos que Herta Wilfert defendió con arrojo el papel de Venus, tabú para las cantantes; que Greindl salió airoso –excelentes notas graves– del para él complicado Landgrave, pues su emisión fija y nasal le resta aquí atractivo; que los cantores forman un buen grupo con el áspero Blankenheim como Biterolf belicoso y otra vez Traxel como Walther lírico; que el pastorcito y los cuatro pajes, todos ellos afinados cantores juveniles de una formación de Schöneberg, prestan encanto a sus escenas, y que, para acabar el cuadro, los pitzianer tienen tiempo y espacio –¡magnífica entrada de los invitados, noble anuncio del milagro!– para dar lo mejor de su excepcional calidad, las cuentas resultan claras: en particular, todo el tercer acto merece figurar en una hipotética antología del Wagner más excelso

Ángel Fernando Mayo

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