Este ensayo corresponde tambien a las referencias 90132, 90366, 89176 & 54001.
Según el famoso cuento de los hermanos Grimm, cierta pobre cabra vivía en la linde del bosque con sus siete tiernos e ingenuos cabritillos. Un lobo feroz estaba allí siempre al acecho, para merendarse a los cabritillos al menor descuido de éstos. Y así sucedió al fin pese a todas las advertencias de mamá cabra. Pero como el más pequeño se había salvado y pudo contarle a su madre el atroz suceso, ambos llegaron a tiempo para sorprender al lobo, dormido cual boa, rajarle la barriga, sacar aún vivos a los devorados, sustituirlos con recias piedras y coserle de nuevo al feroz el duro cuero. Como todos sabemos, el lobo se despertó terriblemente sediento, se asomó al pozo y, arrastrado por el peso de los pedruscos, se precipitó al fondo, donde se ahogó. Además de la moraleja tradicional, hay otras dos menos conocidas aplicables al lobo. Una: no se debe ser ansioso; si el lobo se hubiera comido cada vez sólo un cabritillo, habría tenido alimento para toda la temporada pues, seguramente, también la vieja cabra hubiera terminado cayendo entre sus garras. Otra: si, pese a lo dicho, se come en demasía, para facilitar la digestión hay que llevar en previsión una bolsita de bicarbonato.
Pero la historia bien puede ser otra muy distinta. Quien vive con modestia en la linde del bosque es un lobo viejo, achacoso y jubilado. Subsiste gracias a los ahorrillos que le dejaron sus ya remotas apariciones en los cortos de Walt Disney y a la pequeña pensión que le pasa la Equitativa Canis Lupus, a la que cotizó durante cincuenta años. Como se alimenta de sopas de leche y del cotidiano puchero de verduras y legumbres, sus gastos serían mínimos; mas nuestro lobo tiene una pasión, la música, y dentro de ella le chifla la wagneriana. Así, en su soledad, disfruta comprando y escuchando discos, de los que ya posee una respetable colección, y a veces tiene que medir lo que da de sí su dinero.
No lejos, habita en un lujoso palacio la gorda cabra Diverdi, muy prolífica por activa y pasiva. Importa y vende cabritillos (o discos, si ustedes lo prefieren así). Todos los meses se acomoda en el landó y hace el recorrido comercial. Ahora acaba de llegar a la cabaña de su peludo cliente. "Toc, toc. ¿Estás en casa, viejo lobo? -Empuja y pasa, la puerta no está cerrada con llave. -Te traigo hoy cinco cabritillos de los que a ti te gustan y, además, nuevos. -¿Cinco cabritillos, nuevos? ¡Ay, tú buscas mi ruina! -No te quejes, picarón. Mira, te dejo a los cabritillos, como siempre, sin compromiso, te quedas con los que quieras... Además, ya sabes que tienes crédito...
Mientras la gran cabra Diverdi se marcha por donde vino, los cabritillos, muy bien aleccionados, se acercan lanzando tiernos balidos hasta el sillón de orejas que ocupa el lobo. El primero es en realidad cabritilla, como se advierte por el gran lazo blanco que le han anudado al cuello. -Tú, bonita, ¿quién eres? -Soy Las hadas. -¡Jesús, Las hadas! Pero si ya hay unas de Múnich -Sí pero yo vengo de Cagliari, donde el Teatro Comunal sabe hacer bien las cosas. Otrosí, te ofrezco quince minutos más de música y una curiosidad: la gran escena de Ada está cambiada de orden. -¿Quién canta? -Un competente conjunto de finlandeses, alemanes e italianos: entre ellos, Sue Patchell, la protagonista, es la más conocida. Ade-más, dirigido por Gabor Otvös, todo está en su sitio. No tengo varita mágica, pero sí encanto, permítaseme la inmodestia. -Bien, bien, si tú lo dices... quédate y busca dónde acomodarte.
El segundo cabritillo, que había estado soplando (tu-ru-tu; tu-ru-tu-tu) para darse tono, se adelanta cubierto de un capote mojado. -¿Quién eres tú, tan ruidoso y húmedo? -Soy El holandés errante (¡tu- ru-tu! ¡Tu-ru-tu-tu!). -¡No alborotes! ¿Y de qué año? -¡De 1938! -¡Ay, por la loba que amamantó a Rómulo y Remo! Otro Holandés y del año de la nana! -¿Qué te figuras, carcamal? ¡Del año de la nana! Soy muy bueno y, para mi tiempo, de primera. Vamos, preséntame un reparto mejor, más equilibrado. Teschemacher y Nissen, grandes de los de entonces. Weber con sólo 37 años. Ralf, cantando estupendamente... -De acuerdo, mas, ¿cómo suenas? -Algo de fritura sí se me nota. -"¿Fritura?". Se animan los ojos del Lobo, quien también se relame con la roja lengua los labios; tengo para mí que al anciano se le habían confundido aquí algo los sentidos. -Pero a cambio llevo dos "bonus": el final de Los maestros de Böhm, quiero decir del tercer acto de Dresde, con Ralf, Nissen y la Teschemacher "sembraítos", y un monólogo de Marke con Weber que te va a emocionar. -De acuerdo, quédate, no salpiques más, quítate el capote y vete allí a calentarte junto al fuego.
El tercer cabritillo es más pequeño, pero de aspecto distinguido y con un aquel romántico. -¿Cómo te llamas, pequeño? -¿Pequeño, yo? -se empina el cabritillo: -¡Mi gracia es Tristán e Isolda! -Serás lo que dices, pero abultas poco. -Obvio, soy sólo el acto segundo, pero completo, no me falta una nota. ¡Quizá soy único en toda la discografía de mi tiempo! -¿Qué tal sonido tienes? -Bueno, con alguna fluctuación. En este momento, al oír "fluctuación", el lobo recuerda que tiene que tomarse la píldora de las diez, para el flato; así lo hace, con un buche de agua. Luego, prosigue: -¿Qué me dices de lo sustantivo? -Nada menos que esto: soy el mejor segundo acto de Tristán e Isolda grabado en los cuarenta. El lobo abre la bocaza, asombrado. -¡Sí, sí! Sattler era un tenor con buen metal, expresivo, rico en matices, al que le corre bien la voz; la Bugannovic era una Brangäne ejemplar; Madin se hace cargo de las breves intervenciones de Kurwenal y Melot, licencia aquí comprensible; Manowarda era otro Marke de referencia. Pero la joya es la mayor de las Konetzni, Anny. -Sin embargo, las críticas actuales a esta cantante son poco favorables, incluso crueles. -¡Tópicos de quienes sólo oyen a través de la letra impresa! Escúchala aquí; descubrirás a una Isolda muy bien cantada y, por ello, llena de alma amorosa. Tampoco te olvides de Weisbach: así se dirige esta música, con estilo, belleza y sencillez. -Mi arrogante cabritillo, mucho prometes; descansa del viaje. Esta tarde me deleitarás... musicalmente.
Busca el lobo y ve el cabritillo más gordo, aunque no graso, que lleva al cuello una cadena con colgante en forma de copa. -Me lo estoy imaginando, ¿eres Parsifal? -Bien se advierte. Soy uno de los tres únicos registros radiofónicos del Met. -Pues estarás más cortado que el cupón de la ONCE. -No, procedo ya de la era Bing, que no era wagneriano, pero sí un intendente riguroso. Aun así, he de reconocer que a Gurnemanz le partieron por la mitad el monólogo del primer acto, lo que es absurdo, ya que el cantante era nada menos que Hotter. -¡Ay, ay! Además, el sonido será el mismo de tantas cosas del Met. -Más o menos. Para 1954 podía pedirse más; pero las voces se oyen bien. Hotter se desquita del corte al cantar de manera sublimeel tercer acto. Svanholm va a más y termina muy heroico, London llena la escena como en Bayreuth, y Astrid Varnay... -¿La Varnay? No la recuerdo como Kundry. -Claro, yo soy el único registro con ella editado hasta el presente, y hay que decir: "Inalcanzada, inalcanzable". Por último, Stiedry dirigió con personalidad y tiene pasajes memorables. -Mas cuatro discos son muchos discos, suspiró el lobo mientras echaba con los dedos la cuenta de la vieja. -No, porque de propina te ofrezco el primer acto de La Walkyria con Svanholm, otra vez la Varnay y, agárrate: ¡Hotter como Hunding! -¡Hotter como Hunding! No puedo imaginármelo. -¿Por qué no? Distancia, severidad, la nobleza de un guerrero con su código de conducta y la indignación final de quien descubre, confiado a su llana hospitalidad, al enemigo que buscaba. Perfecto. -Me has convencido. Ponte por ahí a tus anchas. (Para sí): ¡La Varnay como Kundry, Hotter como Hunding! -Debo aún advertirte, dice el cabritillo, que aquí Stiedry está peor y la orquesta se muestra algo faltona. -¡No me vengas ahora con reservas después de ponerme la miel en los labios! Déjame, que empiezo a estar mareado.
Ahora la quinta criatura, otra cabritilla preciosa, se frota el lomo contra las patas del lobo -en realidad contra la manta que las cubre- y le mira con unos ojos tiernísimos, orlados de grandes pestañas. -¡Hola, lobito mío, me llamo Germaine y soy francesa!. -Esto último lo sé, hija mía, por el lazo tricolor que llevas y por el acento. Mas, Germaine... ¿Eres Germaine Lubin? -No, esa es la cantante, yo soy su disco, y como éste contiene varias cosas, y no sólo de Wagner, simplifico. -Pero hace poco compré un álbum titulado "Wagner en français", con fragmentos del Anillo, por cierto muy buenos. -Sí, yo los traigo también conmigo, además de otros ejemplos del repertorio de la mejor soprano francesa de este siglo. Estoy cantado casi todo en francés, salvo tres lieder en alemán. Mira, para que se te pase el recelo, escúchame el corte de El Rey de los alisos. Haciendo un esfuerzo, el lobo dispone las cosas y vuelve a sentarse con el mando a distancia en la zarpa derecha. Antes de pulsarlo, recuerda: "¿Quién cabalga tan tarde a través de la noche y del viento?
Es el padre con su hijo.
Lleva cómodo al muchacho en los brazos,
Lo ase con firmeza, lo mantiene caliente".
¡Qué maravilla! Las cuatro voces -el narrador, el padre, el niño, el fantasmagórico rey- se diferencian por el timbre y la expresión en un cuadro hecho de angustia y belleza infinitas. ¡Qué gran cantante y qué consumada artista! El lobo vuelve a ver el bosque de su juventud, los jirones de niebla, las ramas nudosas de los árboles, la maleza entre la que él se escurría, las luces misteriosas que le asustaban, el raudo galope de un caballo con un mensajero en la silla... Y, de repente, allí está, Caperucita, sonriente. Caperucita, quien una vez más le trae, debajo de la pringosa tarta de la abuelita, un pedazo de asado y una botella de malvasía, que ambos se repartían, felices. Y después...
Dos gruesas lágrimas corren por las gastadas e hirsutas mejillas del lobo: -¡Uh, uh, uh, Caperucita, mi Caperucita, que además no eras roja, sino tricolor...!-Señor lobo, dice la cabritilla francesa, aquí la única tricolor soy yo y no me llamo Caperucita, sino Germaine. -Lo sé, lo sé, mademoiselle. Mira, yo voy a echar una cabezadita antes de comer. Atiende al puchero y, cuando veas que barbota con fuerza, me despiertas. Esta tarde oiremos buena música.
Y, dicho y hecho, el viejo lobo se quedó traspuesto con Germaine acurrucada en su regazo.
Ángel-Fernando Mayo