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Product details |
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| BAROQUE / INSTRUMENTAL ( 1 CD ) |
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"After half a century of musicological, organological and scientific investigation, the different guidelines we use for interpreting the Baroque repertoire have become very precise. If so, why are we still suspicious of the results of these investigations? It has been the intention of the hundred (!!!) musicians gathered here for the performance of the Water Music and Fireworks suites, in celebration of the 15th anniversary of Le Concert Spirituel, to put into practice, without any concessions, what they know of these early techniques, each one according to his or her field of specialization.” (Hervé Niquet)
Oboes (24), bassoons (14), natural trumpets (9) and natural horns (9) were all especially built for this recording, stictly based on Baroque models. The resulting instruments imposed the use of mean-tone temperament on the whole orchestra.
Hervé Niquet: “The sound is unusual in its colours and its energy; some ears, unaccostumed to mean-tone temperament, can expect to be surprised. But our queries and intuitions have met with bold answers, transparent and enriching, and that, without a doubt, show respect for the work.”
Another brave, enlightening and fundamental recording from Glossa.
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| GLOSSA - GCD 921606 |
| Water Music & Fireworks |
| Georg Friedrich Haendel |
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Performers |
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LE CONCERT SPIRITUEL Directed by Hervé Niquet |
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Content |
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Georg Friedrich Haendel (1689-1755)
Water Music. Suite I (HWV 348) 01 Ouverture & Adagio 02 Allegro 03 Andante 04 Allegro Da Capo 05 Presto 06 Air 07 Menuet 08 Bourrée & Hornpipe 09 Air
Water Music. Suite II (HWV 349) 10 Prélude 11 Alla Hornpipe 12 Menuet 13 Lentement 14 Bourrée
Water Music. Suite III (HWV 350) 15 Sarabande 16 Rigaudons 17 Menuets 18 Gigues
Music for the Royal Fireworks (HWV 351) 19 Ouverture. Adagio 20 Ouverture. Allegro 21 Bourrée 22 La Paix 23 La Réjouissance 24 Menuets |
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Production information |
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Recorded at L’Arsenal de Metz, France, in September 2002 Engineered by Manuel Mohino Produced by Dominique Daigremont and Hervé Niquet
Playing time: 62:12
Design: Carlos Céster Digipak with 52-page booklet Booklet essay by Jean-Yves Patte, Hervé Niquet, Olivier Cottet, Graham Nicholson French, English, Spanish, German |
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More information |
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Haendel es el compositor menos personal del panteón. Quiero decir que no nos da la mano como Haydn, no nos abraza como Schubert, no nos abrasa como Mahler cuando lo toca Karel Ancerl, no nos relame los oídos como Satie, no comparte con nosotros su lúgubre banquete de mermelada y miel como Rachmaninov, no nos arroja puñados de rubíes y esmeraldas como Albéniz, no nos toca la paciencia como Strauss, no nos conduce ad aspera per astra (fuese al revés) como Beethoven, no nos sumerge en abismos de melancolía como Chaikovsky ni nos alza hasta cumbres de pasión como Schumann; no nos hace soñar como Chopin, volar como Mozart, no da ganas de visitar Venecia como Vivaldi o invadir Polonia como Wagner (con perdón), ni siquiera se dirige a Dios como Bruckner. No, no nos habla, no nos mira, y sin embargo le rendimos un culto cada vez más entusiasta a medida que descubrimos las joyas de su abrumadora obra. Al contrario de algunos barrocos como Bach, que han sobrevivido a todo tipo y a todo nivel de interpretación, al contrario de otros barrocos como Couperin o Dowland, que resucitaron cuando volvieron a nacer laúdes, clavecines o violas, Haendel ha sido siempre servido por músicos excelentes (ningún Walter Carlos lo ha interpretado en su teclado electromágico), y entre sus obras, las más populares, las que mejor van a Haendel porque son las más oficiales, Water Music para el real y festivo paseo y Fireworks para festejar la Paz de Aquisgrán, son extraños tótems que siguen fascinando a intérpretes y públicos. Todos los directores, salvo Boulez con la NYP y Karajan con la Filarmónica de Berlín, han firmado versiones melódicas de la Water Music. Con tal de no tener un oído fanático en demasía, se pueden apreciar las monumentales versiones de los ingleses (de Dart a Boult y Marriner a Mackerras), que mantuvieron siempre un cierto chic algo ajado, la legendaria de Stokowski que sigue maravillando (por lo menos a este comentarista) no sólo por la ciencia y control del director sino por el clima a lo Robin Hood que se desprende de ella. Llegados a la era moderna, es decir, la barroca, la nuestra, hay embarras de richesses, desde la camerística de Pinnock, a la sinfónica de Gardiner, pasando por la espectacular (aunque no muy bien grabada) de Harnoncourt. En el caso de Fireworks, un malhumorado crítico madrileño había empezado a protestar hace ya lustros, mandando a todos a casa y reclamando una versión más histórica -quería decir con la misma cantidad de músicos, alrededor de un centenar, que participaron en el estreno. Sus deseos fueron realizados tras pocos años cuando Robert King reunió a toda la flor de los instrumentistas "auténticos" para interpretar los Fuegos Artificiales. Desgraciadamente, la toma de sonido y la dirección, en exceso comedida, no hacían honor a la música ni añadían nada a lo que ya se conocía. El empate entre las excelentes versiones siguió hasta hoy, cuando Hervé Niquet planteó el verdadero problema: no es sólo el número de los intérpretes, sino también la afinación. El director y sus músicos decidieron grabar las dos obras con instrumentos de viento afinados según el sistema mesotónico, una afinación muy alejada del temperamento igual (de hoy) y del sistema bien temperado (a partir de Bach). El sistema de los músicos del Concert Spirituel privilegia el intervalo de tercera a expensas de las cuartas y quintas; algo que promete sabrosas estridencias para una música basada en la tónica y dominante (es decir, el intervalo de quinta). ¿Sabrosas disonancias? Jamás fuegos artificiales han crujido, chirriado, crepitado, carrasqueado con tantas ganas de festejar la paz y a la vez de recordar los confines negros poblados de cadáveres todavía calientes. Una versión volcánica llevada hasta el paroxismo por un director que posee quizá más ideas que unos predecesores que no tenían pocas. El acierto rotundo se repite en la versión de una Water Music llevada por un flujo borboteante, impaciente, también al borde de la erupción;la interpretación favorece la belleza de la pompa obviando toda vaciedad. Con su afinación refinada y canallesca, los vientos, tratados a la manera inglesa, añaden un lado campestre -a lo Moll Flanders- a este paseo veraniego por las aguas del Támesis, haciendo gala de lo que el compositor aprendió en Italia: los colores profundos, profusos, violentos y elegantes de los pavos reales. Haendel completa su peculiar síntesis de la música europea, no tanto recurriendo a la suite francesa, sino (y ahí debe saludarse una vez más al director) mirando hacia atrás, hacia sus lejanas raíces, donde encuentra, en los momentos lentos, a su primo, el autor de otra Water Music, Telemann, y vislumbra, en los momentos de lirismo, a Gluck. La magnificencia y la galantería no tuvieron nunca tanto resplandor.
Pedro Elías
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