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Product details |
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| ROMANTIC AND NATIONALIST / OPERA ( 3 CD ) |
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| GOLDEN MELODRAM - GM 10035 |
| Lohengrin |
| Richard Wagner |
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Performers |
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Sandor Konya, tenor (Lohengrin) Heather Harper, soprano (Elsa) Karl Ridderbusch, bajo (Le Roi Henri) Donald McIntyre, barítono (Friedrich von Telramund) Grace Hoffman, mezzo-soprano (Ortrud) Thomas Tipton, bajo (Le Héraut) Chor und Orchester der Bayreuther Festspiele Dirección: Rudolf Kempe |
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More information |
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Wieland había fallecido no hacía aún un año. La consternación era total. Allí estaba su magnífico Anillo de 1965, desmoronándose. Allí estaba aún también su Parsifal, la legendaria insignia de su estilo, en mala hora boulezinado. ¿Qué iba a pasar? Wolfgang anunció que, según lo pactado por ambos hermanos, en caso de fallecimiento de uno de ellos el superviviente asumiría en solitario toda la responsabilidad directora del Festival. Dicho y hecho. Pero este Lohengrin gélido en la escena -la iluminación general procedía de cinco grandes lámparas de xenón, que proyectaban "luz fría"- advirtió a los más avisados sobre lo que se avecinaba. Kempe dirigió con su finura -el preludio maravilla- y delicadeza proverbiales; pero volvió a sentirse incómodo y ya no se dejó ver más en Bayreuth. Kónya no era ya el de 1958, aunque ahora cantaba con más sabiduría. Reproduzco la crítica que le hizo Erich Rappl, más tarde redactor-jefe del Nordbayerischer Kurier y muy apreciado como cronista local con el jocoso seudónimo de Wafner: "El Lohengrin de Kónya, con el carácter vocal de lo "italiano", con mucho timbre fino, aunque al final también con perceptibles muestras de fatiga, da al personaje esa cierta pasividad de quien sufre, resignado y apartado de los otros. No es una aparición heroica fulgurante, sino un Lohengrin que se aparta "del brillo y de la dicha" de su origen al humanizarse visiblemente, y que se marcha vacilante, como un hombre roto, hacia la nebulosa oscuridad". Efectivamente, el desigual Kónya, quizá la voz más bella jamás oída en este papel, ofrece una última salutación al cisne que hiere de lleno al alma sensible, tal es la intensidad de su melancolía; pero, nervioso o indispuesto, el tenor húngaro cantó sólo la función inaugural y la que yo le oí a primeros de agosto: las otras seis se las repartieron James King, Jean Cox y Herminn Esser. Quien sí cantó claramente indispuesto fue el gran Ridderbusch, debutante aquel año en Bayreuth al igual que Donald McIntyre, el cual sí causó ya fuerte impresión como Telramund. Elsa fue la irlandesa Heather Harper, que había estudiado el papel expresamente para su presentación en Bayreuth. Gustó mucho, Rappl dijo que su Elsa estaba "maravillosamente representada y cantada"; pero sólo volvió allí en 1968: hoy se hace evidente que ha sido una de las escasas sopranos líricas de clase de la persistente época del "responsable único". También gustó la infravalorada Grace Hoffmann, "una bruja de raza" según Rappl, estimadísima por sus colegas, cual es el caso de Birgit Nilsson, quien habla de ella maravillas en su autobiografía. Pitz dirigía aún los coros, baste con el dato. Sin la desafortunada escena, este Lohengrin crucial, lleno de belleza musical y hecho de llegadas y despedidas, es excelente complemento de la grabación oficial de Kempe: con los mejores mimbres de ambos registros se habría obtenido el más fino Lohengrin fonográfico de la historia. Por lo demás, la añoranza de mi juventud que me trae este rescate es cosa mía y no ha influido en el juicio expresado.
Ángel-Fernando Mayo |
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