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Product details |
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| ROMANTIC AND NATIONALIST / OPERA ( 3 CD ) |
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| GOLDEN MELODRAM - GM 10045 |
| Lohengrin |
| Richard Wagner |
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Performers |
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Jess Thomas, tenor (Lohengrin) Claire Watson, soprano (Elsa) Martti Talvela, bajo (El Rey Heinrich) Walter Berry, barítono (Friedrich von Telramund) Christa Ludwig, mezzo-soprano (Ortrud) Eberhard Waechter bajo (El heraldo) Chor und Orchester der Wiener Staatsoper Karl Böhm, conductor |
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Content |
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Richard Wagner (1813-1883):
Lohengrin Romantic opera in three acts Libretto by the composer
3 CDs - ADD - Mono - TT : 71'15´+ 66' 30 + 57' 06 |
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Production information |
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Live recording, Vienna 16 May 1965 |
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More information |
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Del Dr. Böhm -doctor en Derecho- teníamos ya registros del Holandés, de Los maestros cantores, del Anillo y de Tristán e Isolda. Es conocida mi opinión sobre el picaruelo de Graz como director wagneriano: práctico, eficaz y casi siempre convincente en el teatro; poco interesante en general en la escucha doméstica, aunque al menos el Anillo y el Tristán bayreuthianos son en conjunto de conocimiento imprescindible. La grabación del Lohengrin de Viena, de la que yo no tenía noticia alguna, corresponde a la última producción que presentó allí Wieland Wagner, en 1965, la cual fue presentada aún en Nueva York poco después de su muerte. Böhm estaba entonces en la cima de su "nuevo" prestigio wagneriano, pues iba a dirigir en Bayreuth el segundo Anillo, asimismo de Wieland, que era aguardado con expectación mundial. Pero la desaparición del nieto de Wagner, quien sucumbió víctima de un cáncer de pulmón descubierto sólo cinco meses antes del óbito, provocó que Böhm perdiera el interés por volver a dirigir el Lohengrin de Viena, el cual, aunque fue programado hasta 1974, sólo le tuvo al frente en seis representaciones del año inicial. El documento es ofrecido asimismo como el único Lohengrin legado por nuestro hombre. Antes de meternos en harina quiero añadir dos precisiones que no se recogen en el cuadernillo: como era en él costumbre, Wieland practicó el corte de todo el pasaje que va desde la revelación de la personalidad de Lohengrin hasta la reaparición del cisne, e igualmente insistió en que Gottfried sea saludado por aquél como "Schützer (Protector) von Brabant", no como "Führer". En cuanto al sonido, la cosa baja considerablemente en relación al Parsifal antes comentado, pero se deja oír. No es Böhm la estrella de la velada. Poco poético en el preludio místico-caballeresco, nervioso en el festivo, parece ponerse al socaire cuando canta la presunta pareja de la luz, para animarse y cumplir su trabajo cuando lo hace la de las tinieblas. Con esto queda anticipado que Jess Thomas y Claire Watson, ésta con mayor evidencia, suenan en general anodinos, hasta que casi por sorpresa se elevan a las alturas del arte en el dúo del tercer acto; a partir de aquí Tho-mas mantiene su nuevo nivel e in-cluso tiene magníficos detalles dinámicos y de legato en la narración, y, claro está, Böhm no puede quedarse atrás y se decide a dar al fin lo mejor de sí mismo ya hasta el final de la obra. Los astros siempre refulgentes son Walter Berry y Christa Ludwig. El barítono es sin duda el mejor Telramund desde los años de Uhde; además, tiene otro estilo, otra personalidad, pues en él no vemos -u oímos- a la marioneta de una Ortud tan dominante como lo era Astrid Varnay, sino al hombre de honor, al poderoso caído, que se siente tan engañado por la mujer que él ha escogido por razones que llamaré políticas: este engaño no tiene nada que ver con el sexo, y por eso las invectivas de Telramund-Berry obedecen no a la pasión del alma, sino a la evidencia de la razón. Naturalmente, su mujer en la escena y en la vida real, Christa Ludwig, no es la Ortrud dominante, sino la que intriga a la sombra de su marido y señor para revelar todo el despecho que guarda en su alma sólo en tres ocasiones: al invocar a los "dioses profanados", al interponerse en el camino que sigue Elsa para ir a la iglesia y al final, donde de hecho ha perdido ya todo control e incluso cae exánime con un grito sofocado, trágico, al ver surgir de las aguas a Gottfried. La primera de estas tres ocasiones señala un logro vocal y expresivo insuperable. La Ludwig no sólo canta con vehemencia inaudita, sino que alcanza y mantiene clamoroso el la sostenido agudo escrito allí por Wagner, terrible para las mezzi. Y claro, el clamor estalla ahora en la sala, aquello parece un manicomio, hay que interrumpir la función -¡en una obra de Wagner!- y sólo puede continuar, aún sobre el fondo de aplausos, minuto y medio después del comienzo del alboroto. Éstas son las cosas del vivo, los testimonios delarealidad, los que no mienten. Sólo queda decir que Martti Talvela es un Rey robusto, noble y juvenil, y que Eberhard Wächter canta, al igual que lo hiciera en Bayreuth, un Heraldo de lujo. En conclusión, aunque no hicieron tanta amistad como para jugar juntos al skat, este reencuentro del director general de música de Múnich y su kapellmeister ha de ser celebrado, brindando por ellos con una copa de champán anticipadora de la que espero beber a las veinticuatro horas del día 31 de diciembre próximo, que sí será el último del siglo XX. Así que: ¡A vuestra salud, Juan y Carlos!, y espero que al componer esta línea no desaparezca la i griega.
Ángel-Fernando Mayo
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