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Juan
Diego Flórez
por
Joaquín Martín de Sagarmínaga
Las
campanas están ya echadas al vuelo en el caso del tenor peruano
Juan Diego Flórez, y nada tranquiliza más que oír
el tañido puro, vibrante y homogéneo del consenso. "¡Flórez
es el más grande, el único, el heredero de Kraus!",
se dice por ahí. Trataremos de estrujar il cervello a
fin de intentar comprobar la legitimidad de tales afirmaciones.
Vaya
por delante que respeto y estimo a Flórez por lo que ha hecho ya
(aunque espero de él aún más y me defraudaría
si no lo consiguiera, por culpa de malos consejos en cuanto a repertorio).
También que es el tenor actual que me suscita mayor interés.
Lo considero superior como cantante a Marcelo Álvarez, y la inminencia
de un simple recital suyo me produce mucho más sano nerviosismo
que el de una ópera completa cantada por Ramón Vargas, pongamos
por caso. Opino, eso sí, que para juzgarle con equidad, es conditio
sine qua non:
A/
No hacer comentarios definitivos sobre él sin haberle oído
en vivo.
B/
Oírle siempre desde (bastante) cerca.
La
razón de lo primero es que los discos son muy mentirosos, pero
en el caso de Flórez sus mentiras, lejos de embellecerle con ardides
de estudio de grabación, algo le dañan. Es cierto que hay
excepciones, como el Cessa di più resistere de un Barbero
de Sevilla de 1997 (aunque, ojo, está grabado en vivo), o
ese incandescente dúo del Otello rossiniano, Qual
gioia all'armi!, una colaboración especial de su primera época
en un CD de la mezzo Vesselina Kasarova. El sentido de lo segundo es que
la voz de Flórez no es de gran formato (ni mucho menos), y situados
en sus inmediaciones se aprecian mejor los matices de su canto. Ya apareció
la expresión «la voz de Flórez», el instrumento
ante el que tantos han caído rendidos desde el comienzo de su carrera,
en Pésaro. ¿Cómo es esa voz de Flórez y, lo
que es aún más importante, su manera de cantar?
El
suyo es un instrumento de timbre gratísimo, flexible, dúctil.
La extensión es generosa (con debilidad, lógica, en los
graves, que encubre hábilmente sólo insinuándolos,
sin remarcarlos nunca). La tipología, de ligero puro, con posibilidades
(aún algo inciertas) de lírico ligero, de ahí que
La hija del regimiento y Puritanos le sitúen
frente a sus propios límites. No está de más añadir
que Guillermo Tell queda por completo fuera de los mismos, hoy
y siempre, pues el tono de la ópera, heroico, no es el suyo, ni
calibre y tinturas vocales se corresponden con su instrumento. Quien se
la aconseje le está aconsejando mal; quien sea. Es cierto que,
muy de tarde en tarde (como en el caso del Otello de Verdi de
Plácido Domingo), he visto en este sentido derrumbarse certidumbres.
Pero lo que en el caso de Domingo fue una gran astucia por su parte, en
el de Flórez sería un milagro.
Flórez
proporciona el gozo del canto natural, que se expande sin trabas ni artificio
aparente. Esto es lo que a toda costa debe conservar, por tratarse de
un canto fino y sutil, pero a todas luces vulnerable. Deberá pulir
el recitativo (cosa que ya está haciendo), si quiere otorgarle
más variedad y salero. Volver un poco al espíritu de Schipa,
así de simple. En su caso, además, le iría de perlas
recalar en alguna obra lírica de Mozart (e incluso en el Réquiem),
para que la voz no perdiera tersura y el canto continuara su proceso de
refinamiento, de ablandamiento, también ya iniciado. Aunque la
media voz está apuntada en muchas muestras de su estilo, un uso
más asiduo y aun más canónico de la misma enriquecería
la gama dinámica.
La
gran pregunta que muchos se han hecho no soy del todo capaz de responderla:
¿es Juan Diego Flórez un exponente del canto más
puro e intuitivo, o bien un fenómeno técnico, de asentamiento
de una voz paso a paso, bajo la atenta guía de su maestro, el tenor
Ernesto Palacio? Me inclino más por lo primero (en el caso de que
ambas respuestas fuesen excluyentes), pero, a fecha de hoy, no es tan
importante saber cómo hace esas virguerías vocales que le
singularizan, sino el tiempo que -con base siempre en una acertada elección
del repertorio- va a poder seguir haciéndolas.
Il
Barbiere di Siviglia (Rossini)
Semiramide (Rossini)
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