martes, 9 feb 2010
  
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Juan Diego Flórez

por Joaquín Martín de Sagarmínaga

Las campanas están ya echadas al vuelo en el caso del tenor peruano Juan Diego Flórez, y nada tranquiliza más que oír el tañido puro, vibrante y homogéneo del consenso. "¡Flórez es el más grande, el único, el heredero de Kraus!", se dice por ahí. Trataremos de estrujar il cervello a fin de intentar comprobar la legitimidad de tales afirmaciones.

Vaya por delante que respeto y estimo a Flórez por lo que ha hecho ya (aunque espero de él aún más y me defraudaría si no lo consiguiera, por culpa de malos consejos en cuanto a repertorio). También que es el tenor actual que me suscita mayor interés. Lo considero superior como cantante a Marcelo Álvarez, y la inminencia de un simple recital suyo me produce mucho más sano nerviosismo que el de una ópera completa cantada por Ramón Vargas, pongamos por caso. Opino, eso sí, que para juzgarle con equidad, es conditio sine qua non:

A/ No hacer comentarios definitivos sobre él sin haberle oído en vivo.

B/ Oírle siempre desde (bastante) cerca.

La razón de lo primero es que los discos son muy mentirosos, pero en el caso de Flórez sus mentiras, lejos de embellecerle con ardides de estudio de grabación, algo le dañan. Es cierto que hay excepciones, como el Cessa di più resistere de un Barbero de Sevilla de 1997 (aunque, ojo, está grabado en vivo), o ese incandescente dúo del Otello rossiniano, Qual gioia all'armi!, una colaboración especial de su primera época en un CD de la mezzo Vesselina Kasarova. El sentido de lo segundo es que la voz de Flórez no es de gran formato (ni mucho menos), y situados en sus inmediaciones se aprecian mejor los matices de su canto. Ya apareció la expresión «la voz de Flórez», el instrumento ante el que tantos han caído rendidos desde el comienzo de su carrera, en Pésaro. ¿Cómo es esa voz de Flórez y, lo que es aún más importante, su manera de cantar?

El suyo es un instrumento de timbre gratísimo, flexible, dúctil. La extensión es generosa (con debilidad, lógica, en los graves, que encubre hábilmente sólo insinuándolos, sin remarcarlos nunca). La tipología, de ligero puro, con posibilidades (aún algo inciertas) de lírico ligero, de ahí que La hija del regimiento y Puritanos le sitúen frente a sus propios límites. No está de más añadir que Guillermo Tell queda por completo fuera de los mismos, hoy y siempre, pues el tono de la ópera, heroico, no es el suyo, ni calibre y tinturas vocales se corresponden con su instrumento. Quien se la aconseje le está aconsejando mal; quien sea. Es cierto que, muy de tarde en tarde (como en el caso del Otello de Verdi de Plácido Domingo), he visto en este sentido derrumbarse certidumbres. Pero lo que en el caso de Domingo fue una gran astucia por su parte, en el de Flórez sería un milagro.

Flórez proporciona el gozo del canto natural, que se expande sin trabas ni artificio aparente. Esto es lo que a toda costa debe conservar, por tratarse de un canto fino y sutil, pero a todas luces vulnerable. Deberá pulir el recitativo (cosa que ya está haciendo), si quiere otorgarle más variedad y salero. Volver un poco al espíritu de Schipa, así de simple. En su caso, además, le iría de perlas recalar en alguna obra lírica de Mozart (e incluso en el Réquiem), para que la voz no perdiera tersura y el canto continuara su proceso de refinamiento, de ablandamiento, también ya iniciado. Aunque la media voz está apuntada en muchas muestras de su estilo, un uso más asiduo y aun más canónico de la misma enriquecería la gama dinámica.

La gran pregunta que muchos se han hecho no soy del todo capaz de responderla: ¿es Juan Diego Flórez un exponente del canto más puro e intuitivo, o bien un fenómeno técnico, de asentamiento de una voz paso a paso, bajo la atenta guía de su maestro, el tenor Ernesto Palacio? Me inclino más por lo primero (en el caso de que ambas respuestas fuesen excluyentes), pero, a fecha de hoy, no es tan importante saber cómo hace esas virguerías vocales que le singularizan, sino el tiempo que -con base siempre en una acertada elección del repertorio- va a poder seguir haciéndolas.

Il Barbiere di Siviglia (Rossini)
Semiramide (Rossini)

 
 
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