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el chupito
Febrero 2010
Un Quinteto de cuerda para Eric Rohmer
Juan Ángel Vela del Campo
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Hay historias inquietantes. ¿Se imaginan una crisis de una pareja en plena luna de miel por cuestiones de gusto musical? Ella adoraba a Wagner. Él lo denostaba. Así lo cuenta el escritor centroeuropeo Joseph Roth en su relato breve El triunfo de la belleza a través de uno de sus protagonistas: “A los seres musicales se les puede dividir en dos grupos enemistados: amantes de Mozart y adeptos de Wagner. Verá usted que no he dicho amantes de Wagner, sino adeptos (…). Antes se entenderán dos sordomudos que dos seres musicales, de los cuales uno es aficionado a Mozart y el otro a Wagner. En mi opinión, no pueden darse ambas cosas a la vez. Creo que en el fondo las personas a las que les gustan los dos son sordas. Y si no, directores de orquesta”. La pareja acabó, claro, como el rosario de la aurora.
El director de cine francés Eric Rohmer falleció el pasado mes a los 89 años de edad. Un día de invierno de 1982 coincidí con él en el recoleto cine La Pagoda de París, en una sesión con pastitas de té incluidas. No llegábamos a una docena los espectadores y proyectaban Parsifal, de Syberberg. ¡Cielos! ¿Qué pintaba el autor de los Cuentos morales o las Comedias y proverbios en una película sobre la última ópera de Wagner? ¿Sería Wagner una pasión secreta del fino analista de la vida cotidiana? Las dudas se fueron disipando poco a poco, tanto cinematográficamente como en el terreno musical. En la película Perceval, le gallois, Rohmer se decantaba más por Chrétien de Troyes que por Wolfram von Eschenbach. Era cuestión de sensibilidad francesa, desde luego. Se disipaban además los primeros interrogantes.
En 1996 el cineasta publicó en Actes Sud un libro sobre música: De Mozart en Beethoven. Essai sur la notion de profondeur en musique (hay ya traducción española). Rohmer sitúa la Santísima Trinidad de los compositores en Bach, Beethoven y Mozart, aunque considera a este último “el más profundo”. A Wagner le dedica un par de páginas casi de pasada. Se podía intuir que iba a ser así. De Mozart señala su predilección por los quintetos de cuerda y, en especial, por el K593, en re mayor. Reflexiona Rohmer sobre lo eterno y lo efímero, la melodía, la vulgaridad, el triunfo de la voluntad, el ritmo, la armonía, el idealismo o la alegría en unas páginas en las que se pasean como Pedro por su casa, al lado de los músicos, pensadores y artistas como Copérnico, Schopenhauer, Matisse, Kant, Duras, Heidegger, Kandinski, Cézanne, Barthes, Hegel, Bresson o Godard.
Es estimulante que un director de cine tan importante como Eric Rohmer haya escrito un libro sobre música desde la perspectiva del aficionado culto en el contexto de la filosofía de las ideas. Otros directores de cine, como Manoel de Oliveira, incluso han llegado a hacer sus pinitos musicales adaptando para una de sus películas una partitura de Emmanuel Nunes. Rohmer se limita a reflexionar con lucidez sobre las músicas que más ama. Como en el caso del personaje masculino del relato de Joseph Roth antes citado, su pasión por Mozart es incuestionable. A través de esa música secreta, íntima y profunda de los quintetos de cuerda le recordamos ahora, unas semanas después de haber iniciado el viaje sin retorno.
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